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martes, 15 de julio de 2008

El origen de todos los males

Esta semana criticamos la total falta de rigor científico con la que se maneja el problema del cambio climático en los medios de comunicación, lo que ha llevado al surgimiento de un nuevo movimiento social: millones de personas se dicen concienciadas, pero lo cierto es que la mayoría no sabe de qué es consciente.

En mi opinión, pocos animales han sido tan injustamente maltratados a lo largo de la Historia como los pobres chivos. Parece ser que un antiguo ritual judío consistía en elegir al azar dos de estos animales y mientras uno era sacrificado y entregado así a Yahveh, al otro, se le hacía cargar simbólicamente con todas las culpas del pueblo de Israel y se abandonaba, entre insultos y pedradas, en el desierto, donde tarde o temprano terminaría por ir a parar a manos de Azazel (el diablo). Tales acciones tenían dos consecuencias importantes: las conciencias de los israelitas quedaban periódicamente limpias de toda mancha y los desiertos de los alrededores iban jalonándose de calaveras de chivo.

Si bien los tiempos han cambiado mucho desde entonces, la conciencia de la gente sigue ensuciándose con la misma indecente facilidad. Y ahora que los productos de higiene moral tradicionales como rezar dos docenas de padrenuestros o peregrinar de rodillas a la recóndita hermita de algún santo, ya no atraen al gran público, hay que recurrir de nuevo al milenario e infalible método del chivo expiatorio. Sin embargo, los de hoy en día son chivos abstractos; abominables entes metafíscos creados ad hoc como George Bush, Ben Ladden o Michael Jackson, que cargan sobre sus doloridos hombros con los pecados de 6700 millones de fieles y gentiles; ricos y pobres; gordos, flacos y lombricientos; negros, blancos y amarillos -aunque lo cierto es que la gran mayoría son amarillos, flacos, pobres y gentiles-.

Hace quince años tan sólo, me consta que cualquier investigador en meteorología que hablase de cambio climático era motivo de mofa entre sus compañeros. Tan sólo unos pocos visionarios cuyos trabajos se leían con gran escepticismo y espíritu crítico, advertían de las apocalípticas consecuencias de la subida generalizada de las temperaturas como consecuencia de las emisiones continuas de gases de efecto invernadero a la atmósfera (y aún así, lo hacían con mucha prudencia). La reacción del gran público ante tales amenazas provenía sólo de grupos de jóvenes exaltados neo-hippies (también llamados ecologistas) cuyas originales protestas se exhibían en los telediarios como artículo de entretenimiento, justo después de los deportes y antes del telecupón.

Pero el caso es que los escépticos hacían muy bien en desconfiar. Ser escéptico y tener espíritu crítico es gran parte del trabajo de un científico. Que las emisiones de gases de efecto invernadero producen un aumento generalizado de las temperaturas es incuestionable, pero ¿de qué aumento estamos hablando? ¿Un grado? ¿Medio grado? ¿Un billón? "Habría que hacer cálculos" respondería cualquier experto que se precie, "pero hacerlos no es nada sencillo", cabría añadir. Habría que combinar toda la potencia de cálculo posible con un modelo, lo suficientemente simple como para poder controlarse y lo suficientemente intrincado y versátil como para representar la infinita complejidad de un sistema caótico (en el sentido matemático de la palabra) como es la atmósfera terrestre; y esa es una tarea poco menos que imposible.

Sin embargo, como todo el mundo sabe, los mejores físicos teóricos y los más expertos programadores del mundo, trabajan como empleados de la limpieza en la redacción de los periódicos y en sus ratos libres, ejectutan magníficas simulaciones con superordenadores que ocultan en el cuarto de las escobas. Por este motivo, periódicos e informativos televisivos y radiofónicos resultan estar mucho mejor informados acerca de los detalles concretos de las catastróficas consecuencias del cambio climático, que los propios investigadores de primera línea que llevan toda la vida trabajando en el asunto.

No sólo es del dominio público el número de grados que aumentará la temperatura (aunque he escuchado varias versiones; la más reciente son cinco grados), sino también el número de personas que morirán como consecuencia del ascenso del nivel del agua, los miles de millones que se perderán en agricultura, los devastadores daños de tormentas tropicales y huracanes en las latitudes más insospechadas, los sectores industriales que se hundirán irremisiblemente en la miseria y los que saldrán beneficiados, como las empresas de construcción de lanchas y las de confección de pantalones pesqueros.

Todo esto, tiene inmediatas consecuencias en la maleable conciencia social y su impacto, manejado con tacto, bien puede ser una inagotable fuente de negocio: los coches ecológicos, los detergentes y suavizantes que ahorran agua, los desodorantes respetuosos con la capa de ozono, los macroconciertos cuyo margen de beneficios es generosamente donado por los organizadores para la plantación de doscientos pinos, los calzoncillos con filtro incorporado para no emitir metano a la atmósfera y un largo ecétera de estupideces que se nos venden a diario como remedio al gran problema del cambio climático.

Es lo único que necesitamos para ser felices: un chivo expiatorio como George W. Bush Jr. (que bien es la reencarnación de Satanás o bien un redomado imbécil) y la posibilidad de comprar bulas en forma de producto ecológico para purgar nuestras culpas. ¡Y ya está! ¡La conciencia de la gente queda libre de toda mancha! Y entre tanto, el clima sigue degenerando en un insondable enigma, que algunas de las mentes más brillantes de la Tierra tratan de descifrar, mientras 6700 millones de personas vivimos a un ritmo furioso, pisoteándonos los unos a los otros en una orgía de petróleo, sangre y CO2, incapaces de soportar la incomodísima idea de que la causa última de los problemas medioambientales que padece (y padecerá) nuestro planeta no es la naturaleza malvada de un oligofrénico yanqui o la de los grandes magnates del mundo industrial, sino nuestra salvaje actividad cotidiana; el enfermizo afán de la sociedad del siglo XXI por saciar su enorme apetito consumista: una sociedad insostenible, egoísta y autodestructiva que no cambiará por muchos tratados medioambientales que se firmen o muchos macroconciertos que se celebren.

Claro, que si eventualmente fuésemos conscientes de esta incómoda verdad, bastaría con escoger al azar otro chivo del corral y condenarlo al destierro, acusándolo, con la infinita satisfacción que otorga la tranquilidad de conciencia, de ser el origen de todos los males.


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Esos despiadados y crueles internautas...


Un tal Jakob Nielsen, tras la publicación de su último informe anual sobre hábitos de uso de internet, ha puesto de manifiesto en unas recientes declaraciones recogidas en un artículo de BBC Mundo, su demencial visión particular de la red. Cito textualmente:

Los usuarios de internet se están volviendo cada vez más impacientes, despiadados y egoístas cuando están navegando en la red
En opinión de Nielsen, los internautas merecemos tales calificativos debido a que navegamos eficientemente. A diferencia de lo que ocurría hace varios años, ahora sabemos lo que queremos y cómo conseguirlo, de modo que utilizamos las herramientas más potentes de búsqueda de la red (léase Google) para obtener información rápida y directamente. Por este motivo, no pasamos demasiado tiempo en una página concreta, lo cual parece ser poco menos que un acto delictivo a juzgar por los términos que utiliza Nielsen en sus declaraciones. En el resto del artículo, se dan algunos datos y porcentajes extraídos del informe pero no se añade nada relevante.

Lo cierto es que este experto (en el artículo se le llama gurú tecnológico) está terriblemente mal informado acerca de lo que es internet. En contra de lo que pueda pensar una gran empresa, no se trata de una red comercial global creada para hacer negocio. Internet es, desde su origen, una red mundial de información construida sobre la idea de que cualquiera pueda no sólo acceder rápidamente a cualquier dato que necesite sino también realizar sus propias aportaciones. Es precisamente esta máxima la que hace que internet merezca la pena.

Hace diez años, si un estudiante de secundaria necesitaba información sobre la ósmosis inversa para escribir un trabajo de clase o si un profesional de la investigación quería tener acceso a las últimas publicaciones científicas sobre, por ejemplo, funciones de distribución de Wigner, el primero debía contentarse con una escueta referencia en una costosa enciclopedia (bien en papel o bien en CD-ROM), y el segundo, buscar en la hemeroteca de la Facultad de Física durante horas para encontrar con mucha suerte alguna referencia publicada varios años atrás. Hoy en día sin embargo, basta con que ambos tecleen unas pocas palabras clave en la página principal de Google para obtener toda la información que jamás hubieran deseado totalmente actualizada, gratuita y en tan sólo una fracción de segundo. Eso es internet.

Nielsen opina que los internautas no pasan tiempo en los sitios corporativos que visitan debido a su egoísmo y su naturaleza despiadada y ve en ello un gravísimo problema. A mi juicio, sin embargo, cabría considerar que tal vez sólo se esté ofertando a los lectores sugerentes diseños gráficos e infinidad de widgets muy costosos económicamente, pero carentes de todo interés si no se acompañan de contenidos de calidad. Internet no debería consistir en engatusar al público para saturarlo de publicidad durante el mayor tiempo posible, como pretende Nielsen, sino en ofrecer algo de valor a los visitantes.

Lo que sí debo reconocer es que, en lugar de admitir el error y trabajar para corregirlo, es mucho más sencillo culpar de todos los males a esos despiadados y crueles internautas.

Les recomiendo también que lean (o relean) nuestro artículo de opinión dedicado a la piratería que en su momento titulamos: ¡Brindad compañeros, yoho...!

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sábado, 5 de abril de 2008

El orgullo de ser un ignorante

Tras una pausa de dos semanas, volvemos a la carga, esta vez analizando el porqué del completo analfabetismo científico del gran público ¿Hasta qué punto la prensa ordinaria y otros medios de comunicación son responsables de que todo lo científico quede automáticamente excluido de lo que comúnmente se conoce como cultura general?

Aunque la era de los grandes matemáticos hace ya mucho que terminó, no todos los grandes problemas han sido resueltos, ni mucho menos. Algunos han conseguido sobrevivir intactos a las furiosas embestidas de las cornamentas más ilustres que ha dado la historia. Y a pesar de todo, de cuando en cuando, un iluminado pequeño matemático anónimo de hoy, consigue desvelar los entresijos de uno de estos enigmas (a menudo con la ayuda de un potente ordenador), despertando quizás cierto interés indiferente.

Atrás queda la época en que se premiaba a quien lo consiguiese con millonarias recompensas y fama mundial. Hoy en día, en cambio, tras recibir la felicitación de sus colegas y conocidos y alguna que otra mención honorífica dentro de los círculos académicos, nuestro pequeño matemático seguiría viviendo en el anonimato. O incluso puede que fuese injustamente condenado a la infamia. Aunque la posibilidad es remota, podría darse la casualidad de que la publicación de sus resultados coincidiesen con una escasez generalizada de descubrimientos morbosos sobre aberraciones del reino animal, insólitas elucubraciones histórico-religiosas o conmovedores testimonios de encuentros en la tercera fase. En ese caso, no tardaría en recibir la molesta llamada de una de las criaturas más despreciables y peligrosas de las que habitan sobre la tierra: un periodista. En ese caso, es muy probable que nuestro inconsciente matemático, acostumbrado al gris anonimato ante el gran público se dejase cegar por la promesa de fama y la popularidad y aceptase concertar una entrevista ¡Pobre insensato!

A la hora convenida y tras intercambiar las fórmulas de cortesía rituales se pondrían manos a la obra. Nuestro sufrido protagonista comenzaría a soltar entonces un estudiado discurso milimétricamente diseñado para explicar los elementos fundamentales de su trabajo y los precedentes más relevantes en un lenguaje claro y asequible, e incluso didáctico. Apenas mediado el primer párrafo de su intervención sería brutalmente interrumpido por su sonriente interlocutor. "Disculpe, doctor, pero verá, es que soy un lego en la materia" su sonrisa se haría entonces aún más amplia, como si estuviese satisfecho con lo que acababa de decir "¿Podría explicarlo de forma más sencilla?". En apenas un par de segundos, decenas de furiosos pensamientos pasarían por la cabeza de nuestro pequeño matemático, pero lograría recomponerse. Probaría a volver a empezar con su discurso pero eliminando esta vez todas las palabras que sonasen mínimamente técnicas. Cualquiera dispuesto a escuchar lo entendería. Seguro. Tras un pesado suspiro comenzaría de nuevo, mirando nerviosamente el reloj. Empezaría a tener la sensación de que perdía el tiempo. Unas líneas más adelante en su disertación, una nueva interrupción. "Sigo sin entender nada".

Tras dos horas, las abnegadas explicaciones dignas de parvulario habrían acabado dejando paso otros recursos didácticos como la mímica o las funciones de títeres. Incluso la infinita paciencia de un matemático estaría a punto de agotarse. "Lamento interrumpir de nuevo, pero me parece que me habla en chino, para romper el hielo, ¿qué tal si me habla de su currículum? ¿Quién es usted?". ¿Es posible que un profesional de la palabra escrita no sólo se niegue a escuchar una explicación por la que cualquier estudiante pagaría millones (si los tuviera), sino que no se hubiese documentado mínimamente antes de acudir a la cita? El artículo publicado a la mañana siguiente, bajo un encabezamiento pirotécnico, escondería un 95% de alusiones biográficas y alguna que otra fugaz, y en cualquier caso incorrecta, referencia al trabajo en cuestión, lo cual no sólo acabaría con la moral y la reputación de nuestro desdichado héroe sino que congregaría a cientos de paparazzi a la puerta de su casa.

A la luz del contenido y la calidad de los artículos de las columnas científicas de la inmensa mayoría de diarios (tanto impresos como digitales), informativos televisados y programas de radio, no es de extrañar en absoluto que el gran público esté lamentablemente desinformado sobre los últimos avances en ciencia y tecnología. Lo poco que se logra sacar en limpio entre las toneladas de información irrelevante y los miles de faltas de ortografía es una colección de incoherencias y disparates que sonrojan a más de uno. Este hecho sumado a los muchos factores adversos que imperan en la sociedad actual, logran desconectar por completo la ciencia de la cultura. Es socialmente inaceptable que un joven español escolarizado no sepa recitar la lista de las preposiciones propias o el año de la publicación del Quijote y sí que se tolera en cambio que no sepa decir en términos vastos y cualitativos (en una sencilla frase) en qué consiste el principio de Relatividad o que desconozca el año de publicación de los Principia de Newton. "Es que soy de letras. No tengo por qué saberlo". Con esta pobre mentalidad de borrego, millones de personas viven con altivez el indescriptible orgullo de ser un ignorante.

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lunes, 17 de marzo de 2008

Revolcándose en la mierda

Esta semana hablamos de esa telebasura pseudocientífica sobrenatural y supersticiosa tan de moda hoy en día y sobre sus desastrosos efectos en los enclenques y desnutridos cerebros de los españoles. Advertimos que este editorial es inusualmente crudo (que ya es decir). Tómenlo con calma.

Las primeras señales suelen aparecer en la radio. Son anuncios relámpago de apenas unos segundos con majestuosa música orquestal, rematados con por voz profunda y distorsionada que proclama solemnemente: "¡Faltan siete días...!". La sorpresa inicial se va convirtiendo en intriga y la intriga en interés al calor de un incesante bombardeo con la misma frase en cada pausa publicitaria en todas las emisoras locales.

Al día siguiente, las calles amanecen empapeladas con apocalípticos carteles que gritan slogans como "¡El gran día se acerca!". Entonces, la siniestra campaña pasa a ser el tema estrella de conversación en bares y tascas. "Desde luego, ya no saben qué inventar para vender...". "Sí, cualquier cosa con tal de llamar la atenc...". "¡Calla, que lo ponen otra vez en la radio!". Un silencio sepulcral se apodera de la barra. "Faltan seis días...".
Los mensajes se suceden sin descanso. Aparecen en todas partes: en la prensa, en la televisión, en la predicción meteorológica, impresos en el papel higiénico.
"¡Mañana es el gran día!". La gente aprovecha para acudir en masa a los confesionarios de sus parroquias (por si acaso) y reserva su muda de ropa interior más elegante para vestir llegado el momento decisivo. Al caer la tarde, se encienden unos majestuosos focos apuntando al cielo que congregan de inmediato a una multitud histérica y ojerosa. "¡Por fin ha llegado el momento que todos estaban esperando!" anuncia una voz a través de un potente equipo de megafonía "¡Hoy inauguramos este descomunal y gigantesco nuevo centro comercial!" El eco de estas últimas palabras se funden con el furor una marabunta de consumidores ansiosos de productos de marca a precios únicos que pisan, muerden, empujan y dan codazos hasta no haber vaciado del todo sus carteras.

Y pese a la expectación inicial, pasados dos meses, la gente pasea por los interminables pasillos de tiendas con cierta indiferencia más por matar el rato que por necesidad de comprar. Tal vez por ese motivo, la directiva suele instalar exposiciones junto a la entrada de vez en cuando, para usar la cultura como reclamo comercial. Esculturas hechas de Lego, bodegones bordados en punto de cruz, catas de vino de mesa, maquetas de barcos y avioncitos a escala..., lo que se dice una oferta selecta. Sin embargo, ni tan audaces iniciativas logran aumentar el interés de la gente.

Un buen día, por desgracia, tuve ocasión de ver cómo después de estrujarse las neuronas con saña, la directiva de un centro comercial como estos dio con la fórmula perfecta para atraer al público. Nada más entrar, me encontré con increíbles colas frente a unas extrañas carpas bajo un cartel que reza "XIII Encuentro de videncia y ciencias ocultas". Y no se trataba de colas de harapientos barbudos de miradas perdidas y vidriosas, como en principio cabría esperar, sino de cientos de personas de todas las edades y condiciones que con seguridad habían recibido formación secundaria e incluso muchos de ellos, formación universitaria superior. Jóvenes y viejos. Familias enteras. Todos aguardando su turno para que les echaran las cartas. Pocas imágenes hay tan descorazonadoras y a la vez tan características de la realidad intelectual de la España de principios del siglo XXI.

La superstición no está limitada a los restos de una España rural e iletrada que vivió tiempos difíciles y oscuros sino que forma parte de la vida de la juventud. Una juventud totalmente escolarizada y criada en la era de la información en un país europeo plenamente desarrollado, moderno y aconfesional. Entonces, ¿cómo es posible que parte de esta juventud oriente sus camas hacia el norte para recibir energías positivas, frieguen los suelos con cerveza para atraer la buena suerte, guarden amuletos mágicos, lean a diario su horóscopo, teman derramar sal, romper espejos, al número 13 y a los gatos negros? Hablo de personas con graduado escolar, de bachilleres, de diplomados, de ingenieros, de arquitectos y de licenciados.

La explicación más plausible para esta hecatombe cultural es la mella de la sugestión mediática en los reblandecidos sesos ibéricos. La televisión de hoy es puro morbo. Ya ni siquiera se respetan los telediarios cargándolos detalladas crónicas de masacres familiares con abundantes imágenes macabras de manchurrones de sangre en la escena del crimen y de familiares y amigos conmocionados llorando impotentes. Es tal la insensibilidad generalizada que hay que llegar a los niveles más extremos de crudeza para conmover o para saciar nuestro malsano apetito por lo desagradable. Tan intenso llega a volverse, que la realidad no es suficiente y es preciso ir más allá. Así, las parrillas de todas las cadenas van incorporando gradualmente basura sensacionalista paranormal al más puro estilo americano que la gente no sólo sigue fielmente sino que llega a tomar en serio. Y eso supone un increíble retroceso cultural que nos coloca en una situación mucho más que lamentable. Los españoles no sólo padecen una educación deficiente sino que abrazan la vulgaridad mística y supersticiosa estadounidense con una alegría y una facilidad indecentes.

En una ocasión leí en alguna parte que las cadenas de televisión decían no tener responsabilidad alguna de la involución social puesto que ellas sólo ofrecen lo que la gente pide, en busca de elevados índices de audiencia y me pregunto hasta qué punto esto será cierto ¿Realmente les gusta a los cerdos vivir rodeados de desperdicios? ¿Si se les diese la oportunidad de elegir, elegirían vivir así?
¿No es cierto que puede influirse positivamente en la gente a través de la televisión? ¿No es cierto que con un entorno adecuado pueden condicionarse los gustos y preferencias de la masa en la dirección de lo que se llama moda? ¿No es cierto que la vulgaridad descerebrada está de moda? ¿No es cierto que poder de sugestión en manos de la industria audiovisual y de la información debería administrarse con mucho tacto? ¿No es cierto que ese poder es enorme?

Lo único realmente cierto es que la forma más rápida y rentable de alimentar los intereses económicos de las grandes cadenas no pasa por tener estas consideraciones morales. Se limitan a servir generosas raciones de inmundicia y a observar complacidos cómo se inflan sus beneficios al tiempo que millones de personas disfrutan y guarrean como cerdos revolcándose en la mierda.

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sábado, 8 de marzo de 2008

Aprendices de todo y maestros de nada

Esta semana opinamos sobre las desastrosas consecuencias que la convergencia europea tendrá sobre la ya maltrecha formación de los jóvenes físicos del futuro

No hay placer humano ni divino comparable al gozo de mirar con displicencia a los demás por encima del hombro. Cuando escuchamos noticias tan bochornosas como que para la mayoría de los adolescentes estadounidenses Cristóbal Colón llegó a América después de 1750, que Hitler era un traficante de armas y que EE.UU luchaba contra Rusia en la II Guerra Mundial, no podemos reprimir una sonrisa condescendiente y al mismo tiempo socarrona. "Los frutos del sistema educativo americano" decimos para nuestros adentros "¡Menuda chapuza!". Y nos permitimos el lujo de semejantes actitudes burlonas aún a sabiendas de lo desastroso de nuestra política educacional doméstica. "Es que no hay comparación" Pensamos "una cosa que los chavales estén un poco flojos y otra muy distinta..." Meneamos la cabeza y añadimos quizás un resoplido para terminar la frase con aire de satisfacción.

Sin embargo, lo cierto es que la inmensa mayoría de los españoles son analfabetos. Puede que hayan estado escolarizados y que sepan leer y escribir, pero ya que soplan tiempos modernos, tal vez vaya siendo hora de buscar una definición moderna para la palabra analfabetismo. Por ejemplo, sólo un raquítico porcentaje sabe escribir correctamente. Cada vez resulta más complicado abrir un periódico o leer un diario electrónico en castellano que no esté plagado de erratas y de salvajadas gramaticales, lo que extiende la preocupante falta de formación más allá de los chicos en edad escolar llevándola hasta los mismísimos profesionales de la palabra escrita. Si salen a la calle y miran con atención tropezarán a cada paso con descomunales rótulos luminosos que gritan pesadillas ortográficas a todo color sin que a nadie parezca importarle.
Pero todo lo que pueda decirse respecto a las deficiencias en la formación humanística de nuestros iletrados jóvenes es poco en comparación con su absoluta ignorancia científica. Un brillante alumno que salga del bachillerato de letras con un intachable expediente académico no sabe lo que es una integral ni el cálculo infinitesimal, el álgebra o la aritmética. No digo que sepan resolver una integral o calcular límites sino que ni siquiera conocen el significado de esas palabras. Con mucha suerte ese alumno modélico, logrará conservar suficientes neuronas después de la borrachera de la fiesta de graduación, como para recordar agunos toscos rudimentos de combinatoria y estadística al ingresar en la Universidad.

Hagan el experimento mental de trasladar ese alumno modélico al bachillerato ténico-biológico y adjudíquenle si quieren una nota media de 10. Dótenlo si les apetece de habilidades intelectuales sobrenaturales (telepatía y/o telequinesia) pero limiten sus conocimientos al temario stándard. En una facultad de Física ese ente semidivino no es más que un cateto sin base alguna al que habrá que suministrarle una papilla concentrada de conocimientos generales de cálculo diferencial e integral y álgebra (de los que carece) para permitirle al menos comprender el lenguaje científico ¿Les sorprende lo más mínimo que las aulas de las facultades de Física y Matemáticas se vayan quedando desiertas año a año siendo esta la primera impresión del alumno al comenzar su formación? ¿Qué podemos hacer al respecto? Pensemos con calma...¡Eso es! ¡Una reforma en la educación universitaria! ¡Una panacea mágica que no sólo nos ponga al nivel del resto de Europa sino que nos permita superarla!

Desgraciadamente, muchos de los que dictan el rumbo que deben seguir estas reformas son fruto del condicionamiento de ese mismo sistema educativo deficiente. Las tenebrosas y lejanas amenazas de grados de sólo tres años y de carreras científicas con menos matemáticas y más asignaturas comunes comienzan a materializarse ante la mirada incrédula de todo aquel con dos dedos de frente ¿Que los alumnos de Física se acobardan por no tener la base matemática suficiente? Pues eliminemos los contenidos que no les gusten y en paz. Enseñémosles Química y Biología y Física general introductoria. Que lo importante no es que se formen sino que vuelvan a llenarse las aulas hasta los topes.

Y con gran pesar, en los próximos años, España verá levantar el vuelo y estrellarse estrepitosamente en un dantesco espectáculo de sangre y plumas a toda una generación de jóvenes confusos y mal formados: nuestra flamante apuesta para competir con el resto de Europa; una hornada de científicos light aprendices de todo y maestros de nada.

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viernes, 29 de febrero de 2008

Yo antes molaba

Esta semana, buscamos los motivos por los que la ciencia ya no atrae a los jóvenes estudiantes universitarios ¿Es sólo consecuencia del pésimo sistema educativo o existen causas más profundas y complejas?

Corre el año 1987 en España (y en algunos otros países aunque no en todos). Se respira un turbulento aire de insegura prosperidad y desconfiado optimismo. En algún plató de televisión, un engominado presentador pregunta a un chaval de veintitantos: "Por diez mil pesetas, cite cinco sinónimos de juventud en menos de 10 segundos. El tiempo comienza...¡Ya!". "A ver...rebeldía, eh...idealismo, inconformismo, este...vitalidad...y...ilusión".
Corre el año 2008 en España (y en algunos otros países van ya por el 3042). Se respira un aire denso y estancado de desganada indiferencia y triste mediocridad. En algún plató de televisión, un presentador sin pantalones pregunta a un chaval de veintitantos: "Por 60 euros, dime cinco sinónimos de juventud en menos de 10 minutos. El tiempo comienza...¡Ya!". "No me jodas tío ¿Por 60 euros? Por 60 euros no te digo ni la hora, macho".

¿Notan la sutil diferencia? Sólo han pasado 20 años. Y además, han sido 20 años bastante sosos. No hemos sufrido el invierno nuclear de ninguna posguerra atómica, ni hemos sido víctimas de ninguna catástrofe natural de titánicas proporciones que justifique un cambio tan desastroso como este ¿Qué ha pasado entonces? ¿Es culpa de las chapuceras reformas educativas?¿De internet?¿De las drogas? ¿De la telebasura?¿Del efecto 2000?¿De la piratería?¿O es porque los jóvenes de hoy día somos una manada de vagos?

El que la juventud haya dejado de ser joven es demasiado grave como para achacarlo a una única causa. Pero es inevitable teniendo en cuenta el momento que nos ha tocado vivir. En otra época estudiar una carrera universitaria garantizaba, con algo de esfuerzo, un brillante futuro. Por eso, las presiones en ese sentido (tanto por ambiciones personales como familiares) eran enormes y las aulas de las facultades se abarrotaban de alumnos sedientos de conocimiento (especialmente las de ciencias). Hoy en día, sabemos de sobra que, independientemente de lo intachable del expediente de un licenciado universitario, cobrará menos de la mitad de lo que cobra cualquier fontanero y la indiferencia más absoluta dominan tanto en lo personal como en lo familiar. Ya no existe la ambición académica. Por este motivo, las aulas se van quedando desiertas (especialmente las de ciencias).

¿Para qué intentarlo si, de todas formas, no vamos a llegar a nada en la vida? ¿Merece la pena romperse el culo estudiando y esforzándose para acabar luego cobrando una miseria y endeudado hasta las orejas al más puro estilo español?¿Sirve de algo emigrar al extranjero en busca de mejores oportunidades si sabemos que el pésimo nivel educativo en España hace que ninguno de nuestros científicos recién salidos del horno sea equiparable a, por ejemplo, los de los países nórdicos? Estas y otras preguntas similares terminan por evaporar hasta la última gota de juventud que pueda fluir por las venas del universitario standard, borrando de su mente todo deseo de convertrise en físico, biólogo o matemático. Su sueño más romántico es ahora un puesto administrativo bien remunerado y si puede ser de funcionario del Estado, mejor que mejor. Y las causas las hallamos en el propio patrón con el que está cortada la sociedad y algo tan profundamente arraigado no se puede erradicar por las buenas con reformas concretas y a corto plazo por mucho que nos duela admitirlo. El alcohólico sopor intelectual en que la juventud española se halla sumida puede que sea ya irreversible.
Y mientras, los pocos dinosaurios a los que nos importa un pito la estabilidad, la prosperidad económica o el estatus social, seguimos soñando despiertos. Sólo podemos contentarnos con pensar que en la España de antes no seríamos ingenuos sino idealistas ni pecaríamos de ilusos sino que viviríamos ilusionados. Y, ¿quién sabe? Tal vez me equivoque. Puede que con el paso del tiempo se inviertan las tendencias y que algún día vuelva a molar ser joven a los veinte.

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sábado, 23 de febrero de 2008

Y el Premio Nóbel de Jardinería es para...

Se recomienda tomar un protector gástrico antes y después de leer nuestro nuevo editorial, por simple precaución...

Año tras año, la triste y sosegada monotonía de nuestras vidas se ve interrumpida bruscamente a mediados de octubre. El sueño se nos vuelve ligero y comienzan a darse casos de insomnio. La gente empieza a lucir pronunciadas ojeras. Aparecen los primeros comportamientos violentos y hostiles entre colegas y vecinos. El consumo de tranquilizantes y somníferos se dispara. Tres días después de los primeros síntomas, las calles son tomadas por una horda de zombies víctimas de los efectos secundarios de la medicación. Comienzan los tumultos y los saqueos. La gente chilla. Corre de un lado a otro sin rumbo en una orgía de fuego y destrucción...es la inquietud natural que precede a la publicación de la lista de los ganadores del Premio Nóbel, por supuesto.

Por fin, llega el día esperado. Los informativos locales y nacionales dedican los tan ansiados 30 segundos de gloria a alabar la grandeza de aquellos que obran en beneficio de la Humanidad. El boletín reza más o menos de la siguiente manera:
"...y hoy se ha hecho pública la lista de los galardonados con el Premio Nóbel de este año. El Premio Nóbel de Literatura ha sido para Fulanito/a de Talycual mientras que el Nóbel de la Paz ha ido a parar a manos de Abdu'lah/im#iandf'l'd. A continuación, la ganadora del Gran Concurso Internacional de Miss Camiseta Mojada, pero antes, un consejo publicitario de nuestro patrocinador..."
En ese instante, la gente respira aliviada esbozando una beatífica sonrisa de tranquilidad y sosiego mientras las mangueras de agua a presión van amontonando en las aceras los cientos de cadáveres testigos de la tragedia. Y sólo queda esperar al año siguiente.

Hace poco, tras la resaca de tan conspicuo acontecimiento, me pregunté por qué Alfred Nóbel dispuso que, tras su muerte, los beneficios anuales de cierta porción de su fortuna invertida en valores bursátiles, se dividiese en cinco partes iguales, si tan sólo había dos categorías de premios a los que adjudicarlas. En ese momento decidí investigar. Tras consultar cientos de mohosos y antiguos volúmenes durante meses, hice un asombroso descubrimiento: cuenta la leyenda que hace largo tiempo otras tres categorías (llamadas científicas) eran igualmente prestigiosas: Física, Química y Medicina. Al descubrirlo corrí a la hemeroteca equipado con un microscopio electrónico y encontré a los galardonados de ese año en estas olvidadas disciplinas entre la letra pequeña.

Les propongo un sencillo experimento. Cojan lápiz y papel y salgan a la calle a preguntarle a la gente que tenga a bien hacerles caso por tres homenajeados con el Premio Nóbel que sean capaces de recordar. No lograrán obtener de ellos más que nombres de conocidos escritores junto con Al Gore y la Madre Teresa de Calcuta quizás. En algunos casos excepcionales, alguien mencionará a Einstein o a alguna otra figura mitológica como Richard Feynman; de la época en la que no sólo eran famosos los concursantes de los reality shows, sino también las más distinguidas personalidades del mundo de la ciencia.

No es mi intención restarle mérito a los grandes escritores del siglo XX y de lo que llevamos de siglo XXI ni tampoco menospreciar la encomiable labor de aquellos que han trabajado duro por la paz en este violento y hostil mundo en que vivimos. Simplemente me escandalizo ante la absoluta indiferencia que la ciencia produce entre el gran público ¿Qué podemos esperar de una sociedad como esta? Desde luego, no acalorados debates sobre la financiación de la investigación o las universidades. Ni tan siquiera las más mínimas inquietudes científicas a nivel divulgativo. Lo que es realmente esperable si se mantienen estas preocupantes tendencias es que millones de personas acaben entumecidas y atrofiadas ante las pantallas de sus televisores viendo con descerebrada perplejidad las tertulias políticas matutinas, que en esas fechas habrán terminado degenerando en sensuales espectáculos de lucha en el barro.
Sólo me consuela la idea de que si algún día hago fortuna, al morir y emulando a Alfred Nóbel, mandaré comprar diez mil cartuchos de dinamita y quinientas cajas de cerillas para, que tras mi muerte, se repartan cada año (a razón de cerilla usada y cartucho encendido por barba) entre todos aquellos que con su labor en perjuicio de la Humanidad, hayan llegado a ser merecedores de tan alto reconocimiento. Puede que entonces, el viejo Alfred deje de revolverse inquieto en su nicho al saber que por fin su legado sirve para algo útil.

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domingo, 17 de febrero de 2008

Y como vio que se aburría, creó Dios la estupidez...

En 2005 algunos estados sureños de EE.UU. se manifestaron a favor de implantar la enseñanza del creacionismo en las escuelas públicas (medida rechazada por el Tribunal Supremo). Ahora, las tesis creacionistas se han disfrazado de ciencia, han hecho las maletas y han desembarcado en España.

Pocas cosas han hecho tanto daño a la Humanidad como el platonismo. A su mismo nivel quizás pudiésemos colocar a la gripe española (única vencedora en la Gran Guerra), la bomba H (la más escalofriante manifestación del mundo subatómico) o la programación de Antena 3 (la peor expresión de vulgaridad desde la caída del Imperio Romano).

No digo que Platón fuese realmente consciente del daño irreparable que ocasionaría (incluso se cuenta de él que era un tipo simpático), ni tampoco que todo el mérito (o mejor la culpa) de su pensamiento fuese suyo. De hecho, tenía numerosos precedentes en los que inspirarse. Lo que está fuera de toda discusión es que ayudó a traer al mundo al engendro más vomitivo de la historia del pensamiento humano. Un concepto que convino en llamar Verdad.
Me refiero a la Verdad con mayúsculas. Algo que no se puede alcanzar con los sentidos. Algo que pertenece a otro mundo, oculto y misterioso. Algo etéreo. Amorfo. Volátil. Indescriptible. En otras palabras, algo que no existe. Y por una extraordinaria concatenación de desgracias, sus ideas han venido sobreviviendo durante siglos y ningún erudito que se precie ha perdido la ocasión de echarse la escopeta al hombro y lanzarse a la captura de ese ente fascinante y esquivo.

Esa concatenación de desgracias se remonta a los albores Edad Media. Los escritos de Platón, en lugar de cumplir su destino y servir como papel higiénico en algún frío y húmedo monasterio, se convirtieron en esa ansiada base ideológica que tanto necesitaba el cristianismo para madurar como fe autosuficiente y no tener que seguir mendigando conceptos de la rica teología judía. La mera existencia de la Verdad y sus ramificaciones filosóficas, sentaban las bases para desarrollar una compleja doctrina religiosa y moral que cuajase realmente en la Europa primitiva. La religión pasó de ser un conjunto de sinestras prácticas supersticiosas fusión de innumerables y ancestrales costumbres a considerarse una refinada disciplina del pensamiento en manos de la élite intelectual de la época.

El doblegamiento de las masas a la fe trajo consigo ambiciones políticas, guerras y masacres que condenaron al género humano a siglos de oscuridad y de abandono intelectual. Los pocos progresos que se hicieron en la Antigüedad grecolatina (que fueron escasísimos de por sí pero singularmente valiosos) se destruyeron al calor de las llamas en una orgía de sangre y tripas. Mucho tiempo después, comenzaron a emerger unos pocos héroes; personas de mentes abiertas que parecían salidas del humeante portal de alguna máquina del tiempo, cuya obra individual cubrió con creces los vergonzosos estropicios medievales. Me refiero a Galileo, Copérnico, Kepler, Halley, Taylor, Newton... Pero llegaron demasiado tarde ¿Se imaginan dónde estaríamos ahora si la Edad Media no hubiese existido? Imaginen cómo sería la civilización dentro algo más de mil años, porque más de mil años fue el tiempo que perdimos.

Pero, ¿cuál es la causa real de que las ideas modernas de la ciencia no se manifestasen mucho antes? ¿Fue exclusivamente culpa de la turbulenta situación política? ¿Hubo alguna otra razón por la cual el pensamiento quedó congelado? La respuesta es obvia: los únicos intentos del pensamiento científico iban entonces encaminados hacia el descubrimiento de la Verdad. Una Verdad compatible con el platonismo-cristiano. Se buscaba obtener determinados resultados y no otros. Se pretendía dar forma a la realidad perceptual partiendo de conceptos metafísicos inaccesibles a la experiencia. El enfoque era justo el opuesto al razonamiento científico verdadero. Un científico extrae información de la realidad perceptual y desarrolla un formalismo matemático lo más simple, compacto, elegante y simétrico posible (nunca más de lo posible) para poder explicar sus observaciones y realizar predicciones correctas y así controlar la realidad. No se pretende acceder a alguna Verdad a través de los hechos. No se busca una razón necesaria sino una explicación razonable. No nos casamos con una teoría poque sí. Si resulta ser equivocada, la destruimos sin más. Esta fue la causa de tan espectacular atraso y hasta que individuos valerosos no se atrevieron a pensar más allá de los límites establecidos desafiando lo que se daba por sentado, no se hizo ningún avance. Por esto, ciencia y religión a no ser de un modo poético y abstracto o puramente moral, son incompatibles del todo mientras se mantengan estos prejuicios sobre la realidad misma.

Esto es todo lo filosófico que considero que alguien razonable puede llegar a ponerse. Ir más allá es, como se dice en mi tierra, "hablar pendejadas". Lo lamentable es que hay quien va más allá (cientos de personas) discutiendo lo indiscutible y haciéndose un lío con la semántica (que no es más que un síntoma de que sus ideas no están nada claras, por otro lado) y embadurnándose de lodo las perneras de los pantalones inútilmente. Y este tipo de personas es especialmente propenso a caer en las garras de un neorebuznismo que asoma por el horizonte en pleno siglo XXI y que, amparado en ideas preconcebidas, proclama una pseudociencia inconsistente construida al revés que seduce e incluso conquista a individuos a los que se les supone una formación científica (y dos dedos de frente).
En enero de este año se celebró una serie de conferencias en las que expertos en la materia ponían en tela de juicio el mecanismo evolutivo proponiendo en su lugar la teoría del diseño inteligente y lo más extraordinario es que dichos actos no tuviesen lugar en la trastienda de alguna librería esotérica o debajo de un puente como habría sido natural sino en prestigiosos foros de debate incluyendo aulas magnas de facultades de universidades españolas (ver la noticia en el diario El País).

Si la podredumbre cultural ha llegado a un nivel tan lamentable en nuestro país, tal vez sea la hora de dar ejemplo y recurrir a acciones más drásticas (y mucho más del gusto de los neocreacionistas me atrevería a decir). Propongo amontonar leña en el centro de las plazas de cada ciudad, como se hacía en épocas del Santo Oficio, y pasar por la parrilla a todo aquel que se lo merezca por pecar de estúpido, puesto que si tan inteligente es el Diseño Divino, la imbecilidad debe ser obra de Satanás.

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sábado, 9 de febrero de 2008

A punta de pistola

Tras la afirmación de que ha aumentado espectacularmente el gasto en I+D en España en los últimos años se oculta una verdad escandalosa: esa inversión ha sido primordialmente en desarrollo militar poniéndonos a la cabeza de Europa y sólo por detrás de EE.UU en este campo

La democracia se desmorona. Se mire a donde se mire, puede verse con claridad cómo países con una fuerte y sana tradición democrática se van convirtiendo en regímenes belicistas en los que los escasos debates y controversias de los estadistas consisten en decidir cuándo y contra quién aplicar la acción militar. La diplomacia internacional se transforma gradualmente (pero sin pausas) en el bello y delicado arte de amenazar con cortesía (o sin ella) y la población en general, decepcionada y aburrida, tiende a sumirse en un espeluznante sopor autista al calor del resplandeciente brillo de las pantallas de sus televisores. La impotencia se convierte en conformismo, el conformismo en pasotismo y el pasotismo en oligofrenia.
Sin embargo, tenemos la sensación de que en nuestra querida madre Europa estamos a salvo. En teoría, gozamos de amplias libertades sociales y además, los derechos universales los llevamos incorporados de serie en el chip del DNI (a diferencia de EE.UU donde no existe, por ejemplo, derecho a la vida). Nos preocupa el cambio climático, somos abanderados de la Paz mundial y de las soluciones pacíficas y negociadas a todos los conflictos y la gente participa acaloradamente en los debates políticos más abstractos (y absurdos) imaginables. Sentimos que podemos permitirnos el lujo de mirar por encima del hombro y con cierta lástima al resto del mundo que se hunde irremisiblemente en la barbarie.

Cuando digo Europa, digo también España, claro: un país que respira modernidad, tolerancia y libertades para todos los gustos. Un país ejemplar. Un país fuerte. Un país solidario. Un país con dos cojones.

Si nos centramos en la investigación y en la inversión en Universidades y en promocionar la cultura (que en un país tan estupendo debieran de ser enormes), nos encontramos con datos muy alentadores. Por ejemplo: "La I+D en España recibió un 26% más en 2006 que en 2005". Magnífico. Respiremos aliviados y autocomplacidos un instante. Cojamos la lupa. Limpiemos la lente. Pasemos a leer la letra pequeña. "Ese incremento de un 26% ha sido absorbido por el sector de la investigación militar". Mala cosa. Sigamos leyendo a ver si se arregla más adelante. "Sólo 5 empresas vinculadas a la investigación militar reciben el doble que todas las Universidades españolas y el CSIC para la investigación civil". Pues no, no mejora nada. De hecho, la situación pinta mucho peor. Pero esperen, que sigue. Cojamos aire. Respiremos hondo. ¿Listos? Vamos allá: "España es el 2º país del mundo que más porcentaje dedica a investigación militar" Y sigue: "...pero el 2º de la OCDE que menos dedica a I+D civil". ¡Mierda!, ¡Españoles teníamos que ser!

Estoy de acuerdo con cualquier persona razonable en que los porcentajes y las estadísticas son recopiladas de fuentes más o menos fidedignas por imbéciles que las mezclan y las agitan hasta llegar al punto de que no se puede leer dos artículos en los que los números coincidan. Sin embargo, cuando todos los números hablan de una misma tendencia y los órdenes de magnitud son similares en todas las fuentes consultadas, estamos ante una realidad innegable.

Zapatero hizo una promesa electoral que le ha venido saliendo cara: desglosar los gastos de I+D militar separadamente de los de investigación de verdad, ya que en la era Aznar, las cuentas aparecían espectacularmente hichadas y se exibían triunfalmente como un gran mérito ante la perpleja mirada vidriosa de nuestros famélicos y desnutridos investigadores.

Lamentablemente, no tuvo nuestro presidente la audacia suficiente para reducir el gasto militar e invertir en ciencia y tecnología útil y que así, su promesa electoral sirviese para mejorar su imagen a la vista de la gente civilizada sino que siguió las tendencias de su bigotudo predecesor.

He estado un buen rato buscando una palabra que describa, de forma adecuada a mi forma de pensar, a los miembros que configuran el aparato político en España (y parte del extranjero) tanto en el gobierno como en la oposición (y más allá) y he tenido que optar por escribir lo siguiente: La investigación científica, es algo demasiado serio como para confiar su financiación a cualquier comemierda.
Para qué investigar si tenemos a Íker Jiménez. Mientras España se llame España y ondeen abundantes banderitas de colores en todos los ayuntamientos; mientras tengamos himno nacional y no nos eliminen de la Eurocopa para poder escucharlo y cantarlo antes de los partidos; mientras tengamos un ratito los domingos para ir a escuchar qué cuentan los curas en misa y mientras nos aguanten las piernas las cinco horas de pie haciendo cola a las puertas del INEM, ¿a quién le importan los jóvenes investigadores? Con la cantidad de temas de conversación que hay y con lo caro que está todo ¡Que se fastidien!

Sólo queda una opción. Hacer las maletas y emigrar al mundo civilizado. Y los pocos que tengan la suerte de quedarse e investigar sin estrecheces, lo harán a punta de pistola.

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sábado, 2 de febrero de 2008

¡Brindad compañeros, yoho...!

El mercado discográfico se hunde a un ritmo alarmante. El número de espectadores en las salas españolas (y de todo el mundo) alcanza mínimos históricos. Las ventas de juegos van cada vez peor y el Apocalipsis se cierne sobre nosotros... ¿y de quién es la culpa? ¡De esos sucios piratas!

Al menos esta es la contestación oficial lanzada por sellos discográficos y otas multinacionales del sector audiovisual. Una imagen que comienza a calar en la opinión pública. Si un individuo comparte sus archivos a través de la red, pasa a ser un criminal. Se les llama ladrones, sin más eufemismos. Seguro que han visto al comienzo de algún dvd que hayan alquilado recientemente ese anuncio en que se yuxtaponen las imágenes de un joven compartiendo archivos en la red a través de su ordenador con el de un rufián tironeando del bolso a una señora anciana y dándose a la fuga mientras la pobre da con sus reumáticos huesos en el asfalto. Eso ya es intolerable.

Yo afirmo categóricamente que la culpa de los espeluznantes retrocesos en la industria audiovisual no son ni mucho menos debido a los programas de intercambio p2p y a los torrent ni similares. Afirmo que dicho declive comenzó a ser alarmante mucho antes de que el uso de internet estuviese tan extendido como hoy. En una época en la que la banda ancha de 3 Mb que ya se queda pequeña no era más que un sueño imposible. Una época en la que los "piratas" podían sentirse afortunados al descargarse una canción en el trascurso de toda una tarde a 32 Kbps. La culpa es, ha sido y será siempre de ese vomitivo engendro de la ingeniería económica llamado neoliberalismo global o "globalización".

Les explicaré lo que le ha ocurrido al mercado de la música contándoles mi situación particular. Si miran mi perfil, verán que soy un amante del jazz. También saben que soy un cinéfilo empedernido. En cuanto al jazz, todos los aficionados que conozco son coleccionistas de discos. Yo mismo tengo alrededor de 250. Disfrutaba coleccionándolos. Me encanta poder ir frecuentemente a una tienda pequeña y comprar algo o tan sólo curiosear y tal vez encargar algún título que me interese particularmente. Sin embargo, en mi pequeña ciudad desde hace siete años, he visto brotar de la tierra y crecer cientos de grúas en torno a monstruosos armazones de hormigón que se han ido convirtiendo en centros comerciales descomunales. Mega-stores. Ultra-negocios que proliferan imparables por todo el mundo. Una a una, las pequeñas tiendas de discos de barrio se han ido arruinando y abandonando el negocio y lo han hecho empujadas por la onda expansiva de esa explosión de negocios cuadriculados y gigantescos que imponen los tiempos modernos y no debido al número de descargas de archivos en la red. Para comprobarlo basta con cotejar fechas. La hecatombe del mundo del disco comenzó mucho antes de que los piratas operasen de forma significativa. Ante esta carnicería sin precedentes, los precios se disparatan. Con la llegada del euro a nuestros bolsillos, comenzamos a mirar las etiquetas con recelo y el gasto en ocio y entretenimiento es el primero en reducirse ante el temor de que nos "la estuviesen pegando" con esto de la moneda nueva. Las discográficas se desesperan. Suben aún más los precios. Chillan. Gritan. Patalean. Amenazan con nuevas normas de seguridad anti-copias. Ofenden a los consumidores presuponiéndoles malas intenciones y tratándoles como delincuentes potenciales. Presionan para que los dispositivos electrónicos de almacenamiento no puedan ser utilizados libremente y cargan brutalmente contra la piratería con el apoyo de cada vez más gente, cuando es su política neo-putrefacta la que las ha llevado a encontrarse en esta situación.

Con el cine ocurre exactamente lo mismo. En mi época, tenía cuatro cines de barrio a mi disposición. Todos en el centro. Un buen día, uno de esos flamantes centros comerciales caníbales incorporaba nada menos que 18 salas con todas las comodidades y lujos imaginables: reposabrazos con portabebidas a ambos lados, sillones de lujo, butacas en gradas para que la cabeza del de delante no molestase, pantallas deluxe panorámicas inmensas... Cuatro meses después, el primero de mis cuatro cines cerró. Los demás le siguieron casi inmediatamente.

Ahora sólo me quedan dos alternativas. O me uno a la moda de los centros comerciales deshumanizados para poder ir al cine o me quedo en casa viendo lo que echen en la dos. Recuerdo que en mi época ir al cine me costaba 550 pesetas. Si era día de estreno o del espectador, sólo 400. Ahora debo pagar 6.50€ (unas 1080 pesetas) y eso por ser estudiante, que si no... ¿Que no viene gente?, pues dupliquemos los precios y así seguro que vienen. (Y si no vienen es culpa de esos sucios piratas). De manera que opto por el videoclub.

Tal vez la gente aprecie mucho más ese calor humano del pequeño y mediano negocio de lo que pretenden hacernos pensar. Tal vez a eso se deba gran parte del fracaso de las nuevas políticas de ventas de las multinacionales del negocio audiovisual. Tal vez, los compradores encuentren en los foros de discusión de las comunidades de intercambio p2p esa calidez de las pequeñas tiendas de discos de antes y la proliferación de estas plataformas de intercambio haya sido tan espectacular en los últimos años precisamente para paliar esa necesidad de los comercios modestos que van desapareciendo rápidamente de las calles. Si no tenemos ese incentivo, ¿para qué salir de casa? ¿Para qué molestarse en gastar dinero por algo que podemos adquirir de forma gratuita? ¿Dónde está ese incentivo? Nos lo han robado.

El proceso de deshumanización sigue imparable... Por eso, recomiendo que si queda algún cine en sus barrios o alguna pequeña tienducha de discos, no duden en ir aunque sólo sea a mirar lo que hay. Y desde luego, y por encima de todo recuerden que el principio innegable del libre intercambio de ideas y de información a través de la red está muy por encima de cualquier interés de tipo mercantilista de las multinacionales que trafican con la propiead intelectual.

Al fin y al cabo, "esos sucios piratas" somos millones y millones de personas.

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sábado, 26 de enero de 2008

El país de los ignorantes

Inauguramos una nueva sección de opinión donde se debatirán temas actuales que giren en torno a la ciencia en general y la Física en particular. Esta semana abrimos la sección con el "editorial":

Ayer, un colaborador me envió por correo un reciente artículo de Arturo Pérez-Reverte en el que en términos durísimos, acusa de todos los males educativos de nuestra intelectualmente putrefacta patria a la incompetencia en general tanto de los socialistas como de los populares. Yo, sin embargo, no pienso que la culpa sea exclusivamente de su imbecilidad congénita y su torpeza en materia de políticas educativas sino que culpo directamente a los cuarenta y pico millones de catetos que habitamos en este país.

La educación es tan sólo un aspecto de la madurez intelectual de una nación. Por muy bien planificado que estuviese un hipotético sistema educativo en España, si los índices de audiencia de Gran Hermano, de Cuarto Milenio o de cualquier programa que den en Antena 3 -salvo los Simpson- siguen siendo tan altos, nunca pasaremos de ser un pueblo de paletos supersticiosos y vulgares. Y el problema es que la cultura, la ciencia, el conocimiento en general ya no valen nada para la sociedad absurda en la que estamos inmersos. Mientras los cerebros emigran de las universidades españolas en busca de un mendrugo de pan que echarse a la boca, el sentir general de la población es que dedicar dinero al trabajo de los jóvenes investigadores de este país es un derroche. De hecho, el sentir de la población es que la investigación no es si quiera una ocupación. Las carreras universitarias (a saber: Física, Matemáticas, Biología, Medicina, Química, Ingenierías varias y similares y también Humanidades, pero me refiero a Filosofía, Historia y esas cosas, no a las demás chorradas que se suelen incluir bajo este título) se van quedando desiertas y lo que es peor, los licenciados en estas materias van perdiendo su prestigio en la sociedad en detrimento de otro tipo de "enseñanzas universitarias" en auge hoy en día. El sueño de todo joven e idealista español con toda la vida por delante es aspirar a un puesto administrativo bien remunerado alienante y rutinario, pero eso sí, con derecho a una plaza fija. Creo que esto va en contra de la definición de juventud.

A la gente no le interesa el conocimiento, les preocupan otras cosas. Les interesa el deporte y los miles de millones de euros que mueve; los debates políticos sobre la necesidad de la existencia del concepto de nación y sus ramificaciones filosóficas, morales y teológicas; a quién se cepilla fulanita de tal a espaldas de su marido y de su amante; quién organiza la gala de elección de la reina del Carnaval y saber qué echan esta noche en la tele. Mientras no les preocupe la cultura, seguirán permitiendo que cualquier soplapollas sin preparación sea profesor y se ocupe de educar a sus hijos. En los países civilizados (Escandinavia y sus alrededores), el puesto de profesor es de un enorme prestigio (y el mejor remunerado). Los científicos e investigadores tienen un elevado estatus social, se les alienta, se les da dinero para que investiguen se les premia. A la gente civilizada le preocupa el conocimiento. A nosotros, lamentablemente no.

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